
Nuestra relación iba avanzando en el tiempo, los dos progresábamos,
crecíamos juntos, hacíamos Camino juntos. Yo aprendía de todo lo
que me iba enseñando mi Señor. Por circunstancias ajenas a
nosotros, tuvimos que estar dos meses separados y estábamos deseando
vernos. Volver a sentir Su piel, Su olor, volver a ver Sus ojos tan
expresivos, que a veces, quizás muchas veces, hablaban solos. Tocar
Sus manos, sentir Sus abrazos, Sus besos… pero también sentir Sus
azotes, Sus caricias, sentirle dentro de mí.
Nuestras últimas conversaciones se estaban encaminando a mi
crecimiento como sumisa, a tener nuevas experiencias, nuevas
relaciones, interactuar con otras personas. A mí no me hacía mucha
gracia, pero sí era importante para nuestra relación.
Hablamos de la nueva experiencia que íbamos a tener en un par de
semanas. Mi Señor se encargó de todos los trámites. A través de
un amigo Dominante consiguió alquilar una casita, en Cassà de la
Selva, muy cerca de Gerona. Contaba con salón con amplia chimenea, 2
dormitorios, 2 baños, cocina y mazmorra totalmente acondicionada en
el sótano. Tenía Cruz de San Andrés, cepo, potro, todo tipo de
objetos y juguetes, columpio, suspensiones… todo lo que se pueda
imaginar. Estaba deseando que llegara ese fin de semana, pero a la
vez super nerviosa por la nueva experiencia.
Llegó el fin de semana. Cogí un avión a Barcelona, mi Señor me
estaba esperando, nos fundimos en un abrazo, nos besamos… ya estaba
tranquila, ya estaba con ÉL. Es de las cosas más importantes para
una sumisa, estar con Su Señor, juntos… piel con piel.
Nos dirigimos al coche y pusimos rumbo a la casita. Una hora y media
de camino en la que fuimos comentando como sería el fin de semana,
en todo momento mi Señor fue tranquilizándome, que sería una
experiencia muy positiva, que me protegería en todo momento, que no
se haría nada que yo no quisiera, sería como una sesión entre los
dos, pero con un extra.
Llegamos a la casita, con unas vistas maravillosas, deshice las
maletas y nos fuimos a comer. El viernes lo pasaríamos solos, hasta
el sábado por la tarde noche que llegaría la otra persona. Comiendo
Le pregunté:
- ¿Mi Señor, no me va a decir nada? ¿Dominante, Dómina, sumisa?
- No matique, será toda una sorpresa que no verás.
- ¿Cómo que no veré mi Señor?
- Sabrás si es hombre o mujer, evidentemente, pero no le verás la
cara, estarás en todo momento con los ojos vendados.
- ¿Por qué mi Señor?
- Porque me apetece ver tu reacción, tus caras, cómo se moverá tu
cuerpo, cómo te entregas sin conocer a la otra persona… y nunca
sabrás quién es.
- Usted sabrá mi Señor, confío plenamente en Usted, será más
excitante.
Después de comer, nos fuimos a la casa. Estábamos cansados, el vino
había hecho buen efecto en nuestro cuerpo y nos dirigimos a la cama.
Evidentemente no pudimos controlar nuestra pasión, deseábamos
sentir nuestros cuerpos, nuestros besos, nuestras caricias… dentro
del BDSM existe el cariño, el amor hacia el Dominante y del
Dominante hacia la sumisa. No todo es sesión, y se puede hacer el
amor con todo el cariño del mundo del uno hacia el otro. Hicimos el
amor como hacía tiempo, con toda la pasión que nuestros cuerpos
despedían. Deseábamos sentirnos uno encima del otro, jugar con
nuestros juguetes sexuales: balas, bolas chinas, vibradores…
Disfrutamos como locos, como si fuera nuestra primera vez,
necesitábamos ese contacto y fue todo un placer sentir los numerosos
orgasmos que me regaló mi Señor y volver a sentirle dentro, como
vertía Su leche dentro de mí, notar Su calor, sentir como Se
estremecía de placer y luego volver a limpiar Su miembro con todo el
cuidado que merecía, con dulzura, pasando mi lengua una y otra vez
para que quedara impecable, y sabía lo que disfrutaba mi Señor en
ese momento.
Nos quedamos medio adormilados un rato, acurrucados, sintiéndonos lo
más cerca posible. Sobre las seis nos levantamos, nos preparamos un
café y fuimos a ducharnos. Nos arreglamos y disfrutamos del pueblo,
paseando de la mano por las calles estrechas y llenas de historia.
Cenamos en un pequeño pero acogedor restaurante y volvimos a la
casita.
Disfrutamos de una pequeña sesión, mi Señor quería reservarme
para lo que me esperaba al día siguiente, acabamos esta vez follando
como locos y después dormimos plácidamente.
A la mañana siguiente amanecimos sobre las nueve, hacía un precioso
día y decidimos desayunar en el porche, ducharnos y salir a caminar
por el bosque, por la naturaleza, disfrutando del impresionante
paisaje que nos rodeaba. Volvimos a casa sobre la una, un buen
aperitivo y preparamos la comida. La tarde pasó tranquila, hablando
de múltiples cosas, de nosotros, tumbados en el sofá, relajados…
disfrutamos del tiempo, seguíamos haciendo Camino que era lo
importante.
La cena iba a ser un poco informal, a base de embutidos, aperitivos
varios, buen vino pero con sorpresa. Habíamos quedado a las nueve de
la noche. A las ocho empezamos a preparar todo, nos duchamos… yo
iba con un vestido negro, con cremallera en la parte de detrás,
medias, zapato de tacón y sujetador de encaje negro.
Cuando iba a llegar el momento, mi Señor me vendó los ojos, con
mucha delicadeza colocó el pañuelo en mis ojos, mientras no dejaba
de susurrarme al oído “tienes que estar tranquila, matique,
siempre estaré a tu lado”, contesté “lo sé mi Señor”. Noté
que me colocaba en medio del salón cuando se oyó aproximarse un
coche, mi corazón iba a mil, llamaron al timbre y oía los pasos de
mi Señor aproximándose a la puerta para abrir. Y de repente supe
qué iba a ser, hombre o mujer.
- Adelante Joan, bienvenido.
- Amigo un placer volver a saludarte.
Se saludaron con un efusivo abrazo.
Por fin el enigma se había disipado, era un Dominante amigo de mi
Señor. Se acercó a mí, me dio un beso en la mejilla, su olor me
embriagó, su manera de poner su mano acariciando mi brazo, una mano
firme, suave… ”un placer conocerte por fin, matique”, “el
placer es mío Caballero”. Mi Señor me cogió de la mano y me
acercó a la mesa, me indicó donde sentarme, acercándome a la
silla, noté que estaba en la cabecera de la mesa y ellos dos a mi
alrededor. Empezamos a cenar, mi Señor me iba dando la comida,
diciéndome lo que era cada cosa, notaba de vez en cuando la mano de
mi Señor en mi rodilla como señal tranquilizadora. Terminamos la
cena, mi Señor me cogió de la mano para llevarme a las escaleras
que bajaban a la mazmorra, me dijo
- matique, colócate detrás de mí, cogiéndome los hombros para
bajar segura.
- Sí, mi Señor, así lo haré.
Bajamos, oí cerrar la puerta detrás del amigo de mi Señor. Mi
Señor me situó en lo que creía que era el centro de la mazmorra.
Me indicó “matique, posición de espera”. Automáticamente mi
cuerpo respondió a la orden, piernas abiertas, brazos a la espalda,
cabeza baja. Mi Señor empezó a bajarme la cremallera del vestido,
me puso los brazos paralelos al cuerpo, y sentí que mi vestido caía,
me ayudó a levantarlo del suelo. Sentirme casi desnuda delante de un
desconocido me hacía estar nerviosa, avergonzada, intentaba
disimularlo, me mordía el labio. Aunque no veía, sentirme observada
por los dos era algo que me costaba asimilar. Noté cómo mi Señor
me quitaba el sujetador, haciéndolo de detrás hacia adelante,
aprovechó para besarme el cuello y me hizo notar una leve caricia
por mis pechos, que hizo que me pusiera más excitada, mis pezones se
erigieron de punta, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

Me levantó el cuello y puso Su collar, sentí que el otro Dominante
me ponía las tobilleras y ÉL las muñequeras. Me cogió de la mano
y me acercó a la Cruz, cada uno de ellos se encargaba de atarme a
los brazos de la Cruz, cuando hubieron terminado mi Señor me
preguntó:
- ¿matique, estás bien? ¿Estás cómoda?
- Sí mi Señor, todo perfecto.
- ¿Estás preparada para comenzar?
- Sí mi Señor, lo estoy - y cogí aire profundamente.
Todavía hubo unos instantes para la incertidumbre, Les oía susurrar
y de repente noto el primer fustazo, seguido de un segundo en la otra
nalga. Estaban intercambiando los azotes, uno primero y el otro
después. Era complicado para mí controlar la continuidad de los
azotes, por lo menos recibí unos veinte en cada nalga. Al terminar
mi Señor se me acercó, acarició las nalgas y me pregunto cómo
estaba, le dije “bien, mi Señor”.
Después de los azotes me pusieron varias pinzas, en mis pezones y
mis labios vaginales. Colocaron unas tiras de pinzas unidas por
cuerdas en cada lado de mi cuerpo. Siguieron con los floguers, sentí
azotado todo mi cuerpo: nalgas, espalda, piernas, entre mis piernas,
en mi sexo... lo que hacía más dolorosas las pinzas. Cuando pararon
estaba totalmente dolorida, cansada, noté que los dos se acercaban a
mí, uno a cada lado, y de repente sentí un dolor indescriptible,
habían tirado a la vez de las cuerdas y quitado las pinzas de un
tirón. No pude menos que doblarme, mi Señor me levantó y masajeó
la zona para calmar el dolor.
Me dejaron descansar un rato, estuvimos comentando entre los tres
cómo iba la sesión y continuamos.
Me colocaron encima de la cama, boca arriba, ataron mis manos y pies
en forma de cruz. Ya sabía lo siguiente que tocaba, oía las
cerillas encenderse, con lo cual las velas estarían preparadas en
breve. Me excitaba esa espera, me sentía expectante por saber por
dónde empezarían, y sentí la primera gota de cera en mi pecho.
Caían desde una cierta distancia, para notar esa quemazón que
pasaba enseguida, pero siendo tan seguidas no te dejaban descansar,
siempre estaba en tensión. Caía la cera por todo mi cuerpo. A
continuación, fue retirada toda ella con las fustas y los floguers y
ese momento fue de dolor, pero todo envuelto en el placer más
absoluto. Noté cómo mi Señor calmaba el dolor acariciándome de
arriba abajo, pero paró en mi sexo.
Lo estuvo acariciando, suavemente, notaba como hacía circulitos
alrededor de mi clítoris, dándome un placer que inundaba todo mi
cuerpo, notaba como el otro Dominante me masajeaba los pezones,
entonces el placer se multiplicó, los dedos de mi Señor fueron
introducidos en mi vagina, empezó a moverlos, ya estaba a punto del
orgasmo y recibí la orden de mi Señor
- Córrete para nostros, matique.
Y me vertí en una serie de orgasmos bestiales, me vaciaron
totalmente, era tan grande el placer que sentía que me embriagaba,
no paraba de estremecerme, de arquearme, de convulsionar después de
uno y otro. Las pequeñas muertes que se me producían eran regalos
que me hacía mi Señor y yo así los recibía. Cuando terminó
estaba exhausta, cansada, mojada, pero en una especie de limbo que te
transporta a una sensación de éxtasis que sobrepasaba todos los
límites.
Me dejaron descansar un rato, y comprobé que me estaban desatando
las muñecas y los pies. Mi Señor me ayudó a levantarme, me colocó
delante de un potro, me indicó que me pusiera de rodillas, el cuerpo
totalmente encima del potro y las manos atadas a las patas del mismo.
Mi Señor acariciaba mis nalgas, noté que metía dos dedos en mi
sexo, y los dedos del otro Dominante en mi boca, jugaba con ellos. Mi
Señor me folló varias veces y le hice una buena mamada al otro
Dominante hasta que se corrieron los dos a la vez, mi Señor dentro
de mí y Su amigo en mi espalda. Me limpiaron, desataron y fuimos a
la ducha. Después de secarme mi Señor y yo nos retiramos a nuestra
habitación, Su amigo a la otra habitación.
Con mucho cuidado y en penumbra mi Señor me quitó el pañuelo que
llevé toda la noche puesto. Tardé en acostumbrarme, una vez que
todo volvió a la normalidad mi Señor me embadurnó con Trombocid en
las zonas más castigadas. Me miró con dulzura, estaba feliz al
igual que yo, agradecí volver a ver Su cara. Abrazados nos dormimos
plácidamente.
A la mañana siguiente cuando nos levantamos Su amigo ya se había
ido. Nosotros estuvimos desayunando, preparando todas las cosas para
irnos ya que pasaríamos el día en Barcelona y luego yo tenía que
coger el AVE que me devolvería a mi realidad.
Había sido un fin de semana fantástico y la experiencia
maravillosa. A los dos nos había unido más y había marcado de una
manera especial.
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